viernes, 20 de marzo de 2015

Las Gradillas y los Gradilleros





La esquina de Las Gradillas en “aquella Caracas” que me tocó vivir y que tratamos de enfocar para nuestros amables lectores, algo así como un balcón dedicado al culto de la personalidad, la juventud y el amor. 

Si Cupido realmente tenía alas, debía haber revoleteado en Las Gradillas todos los días de trabajo después de las cinco de las tardes, toda vez que era común y corriente que los empleados del comercio, bancos y oficinas públicas se dirigieran a dicha esquina parándose en las orillas de las aceras, no solamente pendientes de las calesas, quitrines y coches de capota baja, incluyendo ya la llegada de automotores que recorrían las calles alrededor de la Plaza Bolívar, sino del paso de las señoritas que formando alegres grupos se dedicaban a visitar las tiendas del Pasaje Ramella, hacia la esquina de San Jacinto, o, las ubicadas hacia la esquina de Sociedad. Como es de fácil comprensión este ajetreo de uno a otro lado no pasaba de curiosear las telas y figurines contentivos de los modelos de última moda, así como la solicitud de una “tirita” que sirviera de muestra a mamá o tía; de lo que se trataba era exhibirse cada día con sus variados vestidos, sombreros y sombrillas ante los jovencitos de su preferencia.

En la esquina de Las Gradillas, diagonal con el Palacio Arzobispal, se iniciaba el edificio llamado “Pasaje Ramella” compuesto de una serie de locales comerciales que tenían a su frente un corredor o pasillo, similar a los existentes en “El Silencio”, estos locales cubrían tres cuartas partes de la acera norte hacia la esquina de San Jacinto, al Este. El segundo piso de esta edificación tenía su entrada al frente de la Plaza Bolívar, estando ocupado por oficinas o depósitos independientes de los locales comerciales. En el local de la esquina funcionaba una panadería y pastelería muy acreditada, propiedad del doctor Francisco Guzmán Alfaro, quien también era director en el banco de Venezuela. Conocimos este negocio regentado por un señor Luis Valladares, afable y risueño presentaba toda clase de atenciones a la numerosísima clientela consumidora del afamado pan “francés y sobado”, fabricados en diferentes tamaños y pesos desde un centavo, una locha, 0.25, 0.50 y un bolívar. El pan del día anterior se vendía a Bs. 1.50 el kilo. Cada dulce de pasta, merengue, relleno de guayaba o crema, etc. a 0.25. Las acemitas, besitos, polvorosas, etc. a un centavo.



Fuente:"La Caracas que conocí"
Francisco A Moya Martinez 

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